Imaginemos a Noa, una mujer con cáncer de mama, viajando a través del tiempo: apareciendo y desapareciendo en una época tras otra, con su mismo tumor en la misma fase de desarrollo.

¿Cómo han cambiado el tratamiento y el pronóstico de Noa en los últimos cuatro mil años?, ¿Y qué le pasará a Noa más adelante, en los años venideros?

Primero, llevémosla a una clínica egipcia del 2 000 a. C. Noa sale de la clínica con un diagnóstico. El nombre para su enfermedad es un jeroglífico. «No hay tratamiento», le dicen humildemente.

Cientos de años pasan como un relámpago; Noa está ahora en Grecia en el año 400 a. C. Hipócrates identifica su tumor y da a la enfermedad un nombre: «karkinos», la raíz del nombre actual («cáncer»). No hay tratamiento. Fin del caso.

En 168 d. C., Galeno, formula una hipótesis para el cáncer de Noa: una sobredosis sistémica de bilis negra, melancolía atrapada que hierve bajo la forma de un tumor.

Pasan mil años. Los cirujanos medievales entienden poco de la enfermedad de Noa, pero le cercenan el cáncer con cuchillos y escalpelos. Algunos proponen como tratamiento sangre de rana, láminas de plomo, estiércol de cabra, agua bendita, pasta de cangrejo y sustancias químicas cáusticas.

A finales del siglo XVIII, Noa vive en Londres. En la clínica de John Hunter se le va a asignar una etapa a su cáncer: cáncer de mama precoz y localizado o cáncer de mama tardío, avanzado e invasivo. Para el primero, Hunter recomienda una operación local; para el segundo, «compasión».

Noa

Cuando Noa vuelve a aparecer en el siglo XIX, se ve ante un nuevo mundo de la cirugía. En la clínica de Halsted en Baltimore, en 1890, su cáncer de mama se trata con la terapia más audaz y definitiva hasta el momento, la mastectomía radical: una gran escisión del tumor y la eliminación de los músculos torácicos profundos y los nódulos linfáticos de la axila y la clavícula. Noa queda terriblemente mutilada.

A comienzos del siglo XX, los oncólogos radioterapeutas tratan de suprimir el tumor de Noa localmente mediante rayos X.

Hacia la década de 1950, otra generación de cirujanos aprende a combinar las dos estrategias (la cirugía y la radiación). El cáncer de Noa se trata a nivel local con una mastectomía simple, o una lumpectomía (cirugía en la que se extirpa el tumor pero se conserva la mama) seguida de radiación.

Noa vive ahora en los años setenta, en una moderna ciudad europea. Ya han surgido nuevas estrategias terapéuticas. Tras la cirugía, Noa es sometida a una quimioterapia de combinación adyuvante para reducir la probabilidad de una recurrencia. Su tumor da positivo para el receptor de estrógeno. Se añade otro fármaco, tamoxifeno, para impedir una recurrencia. En 1986 se descubre además que su tumor es Her-2 amplificado. A la cirugía, la radiación, la quimioterapia adyuvante y el tamoxifeno se añade una terapia de administración dirigida con Herceptin.

A mediados de la década de 1990, la gestión del cáncer de mama de Noa toma otro cariz. Se secuencian algunos de sus genes y se encuentra una mutación en los genes BRCA-1 o BRCA-2. Noa ingresa en un programa de revisión intensivo para detectar la aparición de otro tumor en el seno no afectado. Es imposible discernir el impacto preciso de estas intervenciones sobre la supervivencia de Noa. Pero la cirugía, la quimioterapia, la radiación, la terapia hormonal y la terapia dirigida probablemente hayan aumentado su supervivencia entre diecisiete y treinta años. Como ha sido diagnosticada a los cuarenta, Noa puede tener la razonable esperanza de celebrar su sexagésimo cumpleaños.

Sin duda, es un gran progreso. Pero pensemos en otras posibilidades. Si el tumor de mama de Noa ha hecho metástasis o es negativo para el receptor de estrógeno, y Her-2 negativo, y no responde a la quimioterapia convencional, sus probabilidades de supervivencia apenas habrán cambiado desde la época de la clínica de Hunter.

También se hacen pruebas a sus dos hijas. Al comprobarse que son positivas para BRCA-1, se les propone un reconocimiento intensivo, una mastectomía bilateral profiláctica o tamoxifeno para impedir el desarrollo de un cáncer de mama invasivo. En el caso de las hijas de Noa, el impacto del reconocimiento y la profilaxis es espectacular. Una resonancia magnética de mamá identifica un pequeño bulto en una de ellas. Tras comprobarse que se trata de un cáncer de mama, se extirpa por cirugía en su etapa inicial preinvasiva.

Ahora llevemos a Noa al futuro. En 2050, llegará a la clínica de su oncólogo con un dispositivo de memoria que contiene la secuencia completa del genoma de su cáncer. Todas las mutaciones estarán perfectamente identificadas y organizadas en vías claves. Un algoritmo ha identificado las que contribuyen al crecimiento y la supervivencia de su cáncer. Las terapias se dirigirán contra esas vías, para impedir una recurrencia del tumor tras la cirugía. Noa comenzará con una combinación de fármacos de administración dirigida, y se le dice que pasará a un segundo cóctel cuando el cáncer mute, y a un tercero cuando las células del tumor vuelvan a mutar.

Ni siquiera el conocimiento de la biología del cáncer ha servido para erradicar plenamente el cáncer de la vida de Noa. Probablemente tomará algún medicamento durante el resto de su vida, ya sea para prevenir la enfermedad, o para curarla o mitigarla. Noa llegará a vivir cien años y su salud no diferirá mucho de la de sus amigas sin cáncer.

Imaginemos ahora a Noa en el 480 a. C. y en el 2020, con un cáncer pancreático, un glioblastoma o un cáncer de vesícula biliar que no es tratable con cirugía. A pesar de todo el arsenal terapéutico, la Noa del 2020 solo sobrevivirá unos pocos meses más que la Noa del 480 a. C. En cambio, si le atribuimos a Noa una leucemia mieloide crónica o una enfermedad de Hodgkin, la duración de su vida tal vez se extienda treinta o cuarenta años más que la de la Noa del pasado.

Nota: Este artículo es una adaptación de la historia de Atosa, la reina persa que probablemente tuvo cáncer de mama en 500 a. C., narrada en el estupendo libro El emperador de todos los males: Una biografía del cáncer, de Siddhartha Mukherjee.

Foto: Luke-Braswell, Unsplash.